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viernes, 17 de agosto de 2007

Un momento eterno

Llegó caminando, y a medida que se iba acercando sus sentidos comenzaban a agudizarse. Se sentó sobre la arena seca, que más allá de sus ropajes, lograba transmitirle su tibieza. Se descalzó lentamente, y apoyó primero su pie izquierdo, y luego el derecho. Movió sus dedos y sintió como la arena iba cubriendo con una suave caricia sus pies. Levantó la mirada y observó el mar, su mar, que se acercaba hacia él y se retiraba en un movimiento de vaivén.
Contempló esa belleza natural durante un instante, aunque pudieron ser horas en verdad. Dio un profundo respiro y sintió como si sus sentidos estuvieran a punto de estallar. La perfección era absoluta. Ese delicado olor a sal, a arena seca y también húmeda, a mar, a paz… Ese sonido arrullador. Esa vista interminable, inabarcable, inmejorable…
Tomó un puñado de arena con la mano y dejó que ésta se deslizara lentamente por ella, mientras observaba como cada grano retornaba a su lugar junto a los otros. Se puso de rodillas, agradeciendo quizás a algún dios semejante obra maestra, y pausadamente se levantó. Se acercó al mar y sintió como una pequeña ola le bañaba sus pies descalzos. Dio un respingo por esa sensación fresca que le atravesó la piel. Y observando hacia lo lejos, hacia algún punto perdido del horizonte, comenzó a caminar sobre esa arena que se hundía ante sus pasos. Y caminó, y caminó hasta el punto en el que el tiempo y la distancia recorrida comenzaron a carecer de sentido.
El mundo se rendía ante sus pies. Era un espectáculo asombroso, impagable, a contramano del mundo denominado moderno que él, como tantos otros, habitaba.
Comenzó a correr y a correr, cada vez mas rápidamente, intentado llegar, intentado alcanzar quién sabe qué cosa, hasta que se desplomó sobre la arena.
Las pocas fuerzas que le quedaban le permitieron girarse boca arriba, la agitación era insoportable, no se escuchaba nada más que sus gemidos y sus intentos casi absurdos de capturar todo el oxígeno posible de una sola bocanada. Su corazón latía a tal velocidad que no podían reconocerse sus latidos, formando un continum de movimiento y sonido imparable.
Poco a poco los ritmos se normalizaron, su cuerpo, tendido sobre la arena, de pronto volvió a quedar absorto. Ese sonido mecido por la suave brisa volvió a capturarlo, ese aroma, ese calor…
Definitivamente, ningún lugar en el mundo podía ser mejor.
17/08/2007

2 comentarios:

Ruben dijo...

Querida Barbara ..
Te confienso que llegue a tu pagina atravez del comentario que hicieras en la mia. Y tengo que admitir que es admirable la destreza que denotan tus escritos..Me gustan bastante.
Ojala poder tener la oportunidad de conocer un poco mas de tu trabajo literario.

Att. Ruben

Bárbara Barrientos dijo...

Te agradezco el comentario Ruben, como verás puse tu blog como uno de los recomendados, ya que me ha gustado mucho, por lo que valoro tu opinion.
En cuanto a la oportunidad de conocer un poco más de esto, deberás pasar por aquí seguido, y seguramente encontrarás algo nuevo.
Saludos.